El comisario europeo de Asuntos Económicos y Monetarios, Joaquín
Almunia, pidió ayer al Gobierno que aumente la inversión en educación,
en I+D+i, y a reformar la regulación actual para solucionarlo, y
advirtió de que el “atraso tecnológico” que padece España es un
“problema muy serio”, según EFE. Lo dijo en un acto organizado por “Diálogos de la Ciudadanía”.

Almunia insistió en que para que la economía española solucione su
atraso tecnológico hay que trabajar en el “ciclo completo” que va desde
la mejora de la calidad de la educación y el aumento del gasto en
universidad y en I+D+i hasta la reforma de mercados como el de trabajo
o el de productos y servicios. Aprovechó su intervención para recordar
que el gasto español por estudiante es uno de los más bajos de la UE.

      
 

Y hablando de los niños de Darfur
—que todavía están esperando ayuda y que no parecen merecer la atención
de los medios de comunicación—, tenemos hoy un caso opuesto de infancia
celebrada que abre los telediarios y es portada a cuatro columnas de todos los periódicos
y revistas, incluso antes de haber nacido. Se trata del futuro hijo de
Letizia y Felipe. ¿Qué nos pasa? ¿Alguien piensa realmente que es tan
importante que estas dos personas engendren un nuevo ser humano? ¿Alguien cree que el único motivo para reformar la
anquilosada Constitución Española sería que fuese una niña? ¿Y por qué
ni se plantean adoptar a alguno de esos niños que tanto lo necesitan?
¿Ya no sería un cuento de hadas? Llevamos siglos contando los mismos
cuentos de
príncipes y princesas a los más pequeños. Creo que ya es hora de
cambiarlos por historias contemporáneas que fomenten el espíritu
crítico.

«Es normal estos días oír a la gente decir que no tienen tiempo para
mantener sus amistades. Las auténticas relaciones llevan mucho tiempo y
cuestan trabajo —es mucho más cómodo mantener el contacto por e-mail.
Pero los niños insisten en afrontar el tiempo. No logran progresar a
menos que anticipemos sus necesidades, trabajemos nuestros músculos de
la empatía, ajustemos nuestros horarios y soportemos su forma
implacable de ponernos a prueba. Mientras tanto, si tenemos suerte,
puede que nos demos cuenta de que sólo este tipo de trabajo agotador
—con nuestros niños o incluso con otros que puedan usar nuestra ayuda—
es precísamente lo que nos hace crecer, adquirir sabiduría y
convertirnos en humanos completos. Quizás entonces podamos empezar a
reimaginar el cerebro de una madre no como una desventaja sino como un
enorme potencial para la eterna area de ser cada vez más inteligente».

Este es el último párrafo de un editorial de Katherine Ellison que
publica hoy el New York Times. K. Ellison es autora de  “The Mommy
Brain: How Motherhood Makes Us Smarter.” (“El cerebro de mamá: Cómo la
maternidad nos hace más listas”)

La flecha roja marca el gasto mensual en Educación en el hogar medio español en el año 2000, según un informe de Caixa Catalunya mencionado hoy en El Periódico.
Buena parte de nuestros ingresos se va a alimentación, transporte,
hostelería y vivienda. En cambio, en Educación gastamos un poquito más
que en copas y bastante menos que en tabaco.

El informe Cambios en el patrón de gasto de los hogares españoles según nivel de ingresos (1990-2000) puede descargarse en PDF (76 Kb).


 

La pediatra Annie Sparrow, de Human Right Watch,
estuvo entregando cuadernos y lápices de colores a los niños refugiados
en los campamentos de la frontera occidental entre Sudán y el Chad. Es
algo que tiene por costumbre, para que estén entretenidos mientras ella
habla
con los padres. Sin embargo, esta vez, sin proponérselo, obtuvo unos
estremecedores testimonios de la limpieza étnica sistemática que desde
2003 está llevando a cabo el gobierno sudanés y las milicias árabes
Janjawid en este territorio, una de las zonas más pobres e inaccesibles
del mundo.

Hasta hace poco, no se sabía nada de todo esto porque el
gobierno sudanés prohibió la entrada de los medios de comunicación
internacionales a Darfur y también limitó las informaciones sobre el
conflicto en la prensa nacional. Pero hace unos meses, abrió el paso a
unas cuantas agencias humanitarias internacionales. Los dibujos de estos niños
han dado la vuelta al mundo y parece que son la única prueba gráfica de
la masacre. Forman parte de un informe de Human Rights Watch publicado
ayer y titulado “Darfur destruído: Limpieza étnica por parte del
gobierno y las fuerzas milicianas en el oeste de Sudán”.

El dibujo de arriba está hecho por un niño de 13 años, Mahmoud. Esto es lo que explicó a los investigadores:

Human Rights Watch: ¿Qué está pasando aquí?

Mahmoud: Estos hombres de verde están llevándose a las mujeres y a las niñas.

Human Rights Watch: ¿Qué están haciendo?

Mahmoud: Las fuerzan a ser esposas.

Human Rights Watch: ¿Qué pasa aquí?

Mahmoud: Las casas están ardiendo.

Human Rights Watch: ¿Y aquí?

Mahmoud: Esto es un Antonov. Esto es un helicóptero. Estos de aquí, en la parte de abajo de la página, son muertos.

 

Refugiados de Darfur

Un amigo me dijo ayer que no tenía que
preocuparme por la visita al
quirófano
del otro día; que había gente que sí tenía motivos reales de
preocupación, como un niño de 10 años al que acababa de diagnosticar
una leucemia M3. Es el tipo de comparación que no sólo te hace sentir
mucho peor por partida doble sino que te invita a buscar más ejemplos
horribles. Ya puestos, los niños de Darfur.

Además, resulta que mi
espalda tiene una contractura
de tal calibre (desde hace meses o quizás años) que el traumatólogo me
ha enviado de cabeza a rehabilitación. En ese tipo de centros no hay
niños, sólo adultos
estropeados. Lo mío es “sólo” una espalda tensa, pero allí hay cuerpos
que se han estrellado. Prefiero no pensar si en sus coches iban
también niños sin una silla reglamentaria. Todavía hay muchos padres
que llevan a los más pequeños como si fuesen proyectiles, convencidos
de que nunca pasará nada. Conocí a una risueña recepcionista, de
esas que te alegran el día sólo con oír su voz, que lanzó a su bebé,
sin proponérselo, a unos 400 metros de distancia del coche accidentado
por no llevarlo atado. Así que, por lo menos, valga este espeluznante
post para concienciar sobre la utilidad del cinturón y la sillita. No
es cosa de broma.

Volviendo al centro de rehabilitación, además de los adultos
estropeados están las
fisioterapeutas, vestidas de blanco y corriendo por el pasillo de un
paciente a otro. Es bastante felliniano. Una de ellas es pequeña,
morena, con cola de caballo, siempre masticando chicle. La que se ocupa
de
mí, Yolanda, tiene cara de sufridora, es rubia, alta, germana. Como no
hay paredes sino cortinas, se oye todo, las conversaciones con los
pacientes, los ronquidos de alguno que se queda dormido,… Se gritan
una a la otra, para
ver si han empezado ya con el tratamiento de X o si pueden adelantarse
ellas
para ajustar los tiempos. Nunca había estado en un centro de estos,
pero lo había imaginado como un templo budista y es
más bien como un mercado de abastos.

En medio del relajante masaje final, siempre hay gritos de alguien
que llama a Yolanda o de Yolanda que grita a alguna compañera, ya sea
para organizar horarios o para enviarse un mensaje en clave. Aunque lo
de ayer fue aún más surrealista. Una de las chicas empezó a
gritar en el pasillo: «Aaaarg! ¡¡Que alguien mate a ese bicho!!!  ¡¡No, no sé qué es!! ¡¡Que venga alguien!! ¡Por
favor!»… Resultó ser una hoja seca de una planta.

Hoy le he dicho a Yolanda que sales de allí más estresada
que entras. Me ha contestado que es lo que hay, que son conscientes de
lo que debemos pensar, pero que ella sola tiene que ocuparse de 28
pacientes, y que, si pudiese, se quitaría de encima 10 para
trabajar más tranquilamente con los demás, pero que no puede. «Si fuese
más despacio me diría el jefe, nena, lárgo de aquí», me dijo señalando
la puerta.

O sea, que en la rehabilitación también hay ratios insostenibles,
como en el cole.  Y eso que este centro es privado.

  

Dear Frankie
(2004) es la historia de un niño de nueve años que vive con su madre,
Lizzie, y su abuela. Se llama Frankie y está siempre pendiente del
correo que llega porque su padre le escribe desde todos los rincones
del mundo desde un barco, el ACCRA. Por lo menos, eso es lo que él
cree. Frankie le contesta siempre contándole todo lo que le pasa. Ni
sospecha que todas las cartas van a un apartado de correos de su madre.
En realidad, es ella la que le escribe las cartas y la que se inventó
la historia del barco para ocultarle la verdadera identidad de su
padre, un violento del que escaparon hace ya siete u ocho años y que
causó la sordera de Frankie. Por otro lado, las cartas que escribe el
pequeño a su padre ficticio son para Lizzie una forma de «poder oír su
voz».

Pero un día, un compañero de clase del pequeño le dice que el barco
de su padre llegará a puerto en unos días. Entonces, a Lizzie, que ni
sabía que ese barco existía, no le queda más remedio que elegir entre
decirle la verdad o buscar un padre falso para el día de la
llegada.  Elige lo segundo. Y lo que viene después es lo mejor. No
hay que perdérselo.

Inger Nilsson se hizo mundialmente famosa con nueve años, interpretando a Pippi
Calzaslargas
. Hoy cumple 46. Nació en Kisa, Oeergoetland, Suecia, y
allí sigue. El papel de Pippi no la hizo rica, como algunas personas
han pensado, porque no tenía derechos ni sobre la película ni sobre el
personaje que intepretaba. Pero su tremenda popularidad le impidió
llevar una vida normal. Todo el mundo la trataba como si fuese la
auténtica Pippi y esperaban de ella que se comportara como el
personaje.

Inger acabó la escuela sin ninguna intención de volver a trabajar como
actriz. Aprendió y ejerció el oficio de secretaria. Sin embargo, desde 1987,
suele hacer algunos trabajos en pequeños teatros de provincia en Suecia. Interpreta papeles muy variados.

Es curiosa la vida de las personas que han de vivir con el recuerdo
de lo que fueron en la infancia, cuando lo normal es lo contrario:
pensar durante toda la vida que brillaremos como estrellas en la edad
adulta. En cualquier caso, qué más da. Gracias, Inger.