Nadie puede saberlo. Existen unas grabaciones muy antiguas (de 1902) del último castrato de la Capilla Sixtina, Alessandro Moreschi. Fue soprano en el coro desde 1883 hasta 1913, pero está lejos de considerarse un buen ejemplo. Además, ni estaba en su mejor momento, ni la grabación es buena. La voz suena temblona, escalofriante y sobrenatural. (abajo, una foto de Moreschi, de joven)
Alessandro Moreschi cantando Crucifixus, de Rossini.
Básicamente, lo único que ha llegado hasta nosotros de los grandes castrati fue la música que se escribió para ellos y las descripciones que se hicieron de sus actuaciones.
Los más famosos se especializaron en cantar arias que se escribieron para explotar sus dotes particulares. Las llamaban arias portmanteau (arias de maleta) porque las llevaban consigo allá donde fueran y las insertaban en la ópera, tanto si encajaba como si no, para provocar el deleite de su audiencia.
Lydia Melford describió así el canto de Giusto Tenducci, un castrato italiano amigo de Mozart:
«Oí al famoso Tenducci, de Italia —tiene todo el aspecto de un hombre pero dicen que no lo es. La voz no es ni de hombre ni de mujer sino más melodiosa que cualquiera de los dos; y trinaba tan divinamente que mientras lo escuchaba creí hallarme en el paraíso»